jueves, 14 de febrero de 2008

Haikus


I.
Noche cerrada.
LLeno de ira,
piso un charco en las calles.

II.
Voy a romper,
con sencillez y viento,
esa mirada

III.
Hay dos guardianes
cobardes como yo.
Hoy no es el día.

Hay dos guardianes
cobardes como yo.
Son las palabras.


domingo, 20 de enero de 2008

Luz en cierne

Aparece el esfuerzo con tintes amarillos, también el prodigio, también las manos de pan recién horneadas. Un dulce resplandor de adagio lo anticipa, visto con ojos superlativos, salinos, en el punto exacto de la condensación. Dilatan los párpados, las cuencas se ensanchan, no hay sino corrimientos y brotes tiernos e infatigables.

Hubo un comienzo, o ni siquiera.

Iniciados en el sudor una nueva conciencia salta al vacío. Qué locura, qué innegable locura poder contemplar el trampolín, sentirlo incluso dentro de uno, sin duda, no nos es desconocido. La recta carretera fue una vez un camino de tierra transitado por un numeroso rebaño y un solo pastor (no anunciado). Tres perros le seguían entre berridos. La bruma los perdió. Sus huellas quedaron marcadas en la entraña del tiempo.

Aun un rostro distante es un rostro humano.

Con gesto ausente y repetido coloco un folio de color azul verdoso sobre la mesa. Una lámpara a escasos centímetros parece estar tirada de un suntuoso carro. Hay luz encima, una pluma expectante, una ola que no alcanza su cima. Sin previo aviso, una bandada de cuervos sale acelerada de su reposo de flores apagadas. Un reflejo en la ventana. Una carta a medio escribir.

Encontré la imaginación de pequeño –una cima reluciente en el horizonte-, justo antes de quedar encerrado entre sábanas y un beso en la frente. Era el momento de cerrar los ojos, de apretar mis manos creyendo agarrar para siempre una leve parte del universo y aferrarme a él. Antes era la lámpara, recostado sobre la cama mullida, con un libro de fábulas repleto de imágenes de animales parlantes. Pasaba las páginas como pasan los días, descubriendo que un nuevo mundo se dispone permanentemente ante mí. Así son los ojos que acaban de abrirse, creen que es inevitable poder ver. Al beso sistemático acompañó la oscuridad.

Leo frases de amor en un árbol rasgado. Me había recostado contra el tronco tranquilamente con un libro de poemas del que no saltaba poesía alguna –una sima sin escalas. El acero reluciente habló más en profundidad, también calló e hizo callar concentrando silencios en el campo. Ni hormigas, ni cigarras: unos ojos no formados.

No me hables del mar, mírame a la cara. No me hables de nueces huecas, siente el centro, el último resto del milagro, justo en tu ombligo. Una única estrella cambia la vista que del cielo tengo. Una estrella intermitente trae, en cambio, una insaciable oscuridad que no cesa en repetirse. Ojos cristalizados bajo cero, lágrimas escarchadas en el lagrimal. Y al final, una bolsa de cubitos de hielo en el maletero de un coche.

Ser no sido. Vida no sida. Boca cosida.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Inexpresión

Este pequeño brote, justo aquí,
a mis pies,
respira por cuatro puntos cardinales:
la extrañeza de mis ojos es casi dolorosa en él,
pero aún más la sombra siempre verde
que me da su figura solitaria.

Algún día, cuando sea un arbolito orgulloso
o un dulce néctar suspendido en el océano,
le hablaré de mis muñecas quemadas
y, tal vez, de la débil raicilla
que explora mi piel cada noche,
buscando el olor de la tierra fresca

lunes, 26 de noviembre de 2007

Mare Nostrum

soy testigo de la nota
que rozas,
y la guitarra tiene hoy
bruma de tormenta,
espalda en que resbala
el insistente beso del tiempo.


Soñaremos en la música del silencio,
las agujas del mediterráneo para bailar,
agujas en el mar,
dulces puñales en el mar y
en la tierra,
dulces notas que llegan con las olas
y traen arenas de cristal.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Teje que te teje

Un día tranquilo, de sol en las macetas, de brisa sosegada que te abraza y te rodea y te coge por todas partes. Un día tranquilo. Los besos vienen del mismo cielo, con una textura de nube, fresca y vaporosa, inaprensible. La yerba canta a mi paso. Es un día tranquilo. Los gorriones han desplazado a las palomas, y saltan, pilluelos, entre las verdes notas. Unas migajas de pan les echo, y saltan, saltan, no todos los días hay estrellas fugaces que llevarse a la boca. Sus besos vienen del mismo cielo.

Juegan con la luz los árboles, con esos dedos finos y delicados que llegan de la justa entraña de la tierra. La luz cambia con su temblor, con su preciso movimiento, y los colores alternan formas y el sabor ya no es el mismo, aunque dulce todavía. Las plazas parecen pintadas a pastel, cálidas y diáfanas, de formas juguetonas. Sacan los árboles las raíces de su entierro, y entre las ramas, a lo alto, junto al sol de anchas espaldas, un polluelo pía.

En el parque, un niño se afana en defender su fuerte de arena. Son las hojas, arrastradas por el soplo de una mariposa ausente, su feroz combatiente. De sus ojos, un destello, una inocencia absorta, un dios no recluido, un niño, un niño jugando. Violeta es su camisa de arena repleta. El fuerte resiste, no hay más que el deseo intacto, el deseo puro, para poder dar un paso entre dos mundos extraños. Un niño jugando, saltando una ilusión.

La dependienta de la panadería, esa joven de mofletes untuosos, saca del horno abierto una bandeja de pastelitos, que cubren la plaza entera de capricho y saliva expectante. Chocolate negro en su mullido trono. Con qué ganas le hincaría el diente, podéis creerme, no hay nada más efectivo para poner en blanco la mente. Abandonando un pensamiento fijo, abandonándome al sabor, al olor, a lo cercano, a todo cuanto desaparece, veo al niño llorar cubierto de polvo.

Una ardilla sube con la patas difusas un árbol, tan veloz como la punta de un rayo. Hoy no voy a tomar el tranvía. Me siento en el parque. Tengo una barra de pan de la panadería, tengo qué echarle a los gorriones.

Un día tranquilo. Cuántas veces, salvo hoy, quise un día tranquilo.

miércoles, 31 de octubre de 2007

Hurtos al sol

Una caída hacia el centro de la caída misma, un remolino de vértigo que acumula humedad. Blanquísimas paredes. Así, yo.

Decidme, pues, buenos hombres, de dónde he caído, el lugar certero del desplome, allí donde la nube abraza al hielo y la luz cristaliza en ramas de cielo. Decidme, sí, me haréis un favor, en serio: ando perdido. No reconozco estos círculos que se extienden, estas montañas que se abren, estos deseos que mudan de piel y abandonan a la antigua sierpe, por siempre.

Uno tras otro, ciento y un buenos hombres se postran en fila en frente de mí, culebreando con espasmos calculados. Inútil. Cada áspero roce entre ellos es testigo de la distancia, de la infranqueable barrera de nuestra extensión. Brotan chispas que funden la mezcolanza de gritos, jadeos y murmullos, que nada me aclara. Veo sus rostros. Una cierta añoranza pesada es también familiar. Interrogo al pozo, vislumbro el abismo, huelo la última flor. Observo detenido el instante del relámpago, la descarga que brilla al apagarse...qué extraño este doble nacimiento: muerte y vida. El agua se congela en hueso. El precipicio avanza un paso y mi paso me asemeja a los hombres buenos. Otro cuerpo macilento encara la fila. Arremeto contra sus dudas. Mira hacia otro lado. Olvido. Ciento tres.


Con una cerilla prendida, tiritando, aún sin vestir, voy abriendo huecos en las esquinas ocultas, creo espacios tenues donde pringosas larvas quedan presas, fijas, con sombras alargadas. Mis botas grises ocupan su lugar de siempre.

Llueve. Las calles permanecen secas, amarillas.

viernes, 5 de octubre de 2007

tú y yo solo son voces

Déjame salir al viento de los naranjos,
y su zumo será dulce, limpio en nuestras bocas.


Escúchame, cierra todas las ventanas,
aspira la ceniza, los viejos sabores,
duerme con los ojos de una virgen
y siete espadas en el pecho.


Suplica como hicieron tus padres
el beso del peregrino;
¿no sabes que atrás, en los pueblos abandonados,
se están levantando las hoces?


Pura entropía de piel y miedo,
voz solitaria en medio del vidrio:
atravieso el patio, el origen,
y las veinte columnas
braman: es la cacería,
tiempo de escuchar cómo el agua
deshace las huellas de verano,
de un verano junto a ti
en la batalla y el horizonte,
cómo rompen los frutos
destilados por mi odio y mi raza,
destinados a separar.


Ni tan siquiera un trago
de los labios tatuados en mi espalda...


Ayer te vi, hermano, apagar lentamente una colilla,
mientras el humo acariciaba nuestros ojos negros y blancos.